Durante más de
una semana he estado fuera de juego de mi presencia en mi blog por haber estado
de vacaciones en el Sur de Francia. Ha merecido la pena pues lo he pasado
verdaderamente genial. En la zona que he estado la tranquilidad, el reposo, los
paisajes serenos y el sosiego han
imperado. Y ello es fundamental para reforzar amistades, robustecer contactos y
hacer del silencio y de la conversación calma, una manera de estar. Mi tierra, Málaga,
estaba de feria y todo lo contrario se imponía y he hecho bien en huir de aquí
durante estos días.
La prensa
habla estos días de una opinión del Gobierno de Rajoy sobre la bandera
republicana. En un alarde de total desconocimiento y de incomprensión sin límites,
manifiesta que la bandera que aparece en
múltiples manifestaciones con la franja morada es una señal de violencia. ¡¡¡Hay
que tener poca vergüenza y poco desconocimiento histórico para decir tan
semejante chorrada!!!. Cada vez que un tema como ese sale a la palestra no
debemos nunca de olvidar que el Partido Popular, múltiples veces, ha rechazado
la posibilidad de un rechazo claro al Golpe de Estado fascista del 18 de Julio
del 1936. Ese posicionamiento hace ver las cosas de una manera bastante
determinada. Ese cambio de Régimen, para ellos, con un miserable alzamiento
armado con una guerra fraticida posterior y un Régimen fascista que terminó
cuando en 1975 murió el Dictador lo encuentran totalmente normal. Es que
aceptan como si tal cosa que la fuerza bruta puede estar por encima de la razón
y de la Democracia.
La bandera
roja y amarilla que se aceptó en la transición es, ni más ni menos, que la
bandera de la discordia, la bandera de la imposición y la bandera de la división
entre los españoles fuera la legalmente reconocida. Con el tiempo y la conformidad
de que las cosas no se complicaran más, se cedió en su reconocimiento por parte
de la ciudadanía y en esa situación estamos actualmente.
Pero de ahí a
pensar y decir, por parte de este gobierno, heredero de tantas cosas malas y nocivas
para este país, que la bandera roja amarilla y morada incita a la violencia, es
de una idiocia y de una memez mayúscula, además de un desconocimiento total de
nuestra historia.
Dejemos las
cosas en paz. No removamos la historia en aras del follón y del jaleo. Pero no
olvidemos situaciones dolorosas y terribles que sucedieron y que tuvieron
claros responsables cuyos auténticos herederos de las mismas rigen actualmente
los destinos de este país. Y a los hechos me remito con las desgraciadas
apreciaciones del Gobierno sobre el asunto.
Mi padre era
republicano y solo por ello sufrió toda su vida bajo un extraño estigma de
felonía por haberse simplemente opuesto al criminal golpe militar. Mi madre fue
inhabilitada de su profesión de Maestra simplemente por no haberse puesto a disposición de los golpistas. Yo soy
republicano y no solo por sintonía con ellos sino por simple defensor de los Derechos
Humanos, de la democracia y del orden constituyente y además, que es lo más
importante, por pleno convencimiento de un Sistema mejor que el actual, donde
los príncipes, los cuñados mangantes, las princesas y los principitos forman
una casta superior al resto de los mortales.
Y ese
republicanismo, del que me siento orgulloso, está en mis adentros y no en un color
determinado de una bandera. Pero es más que evidente que quien en una
manifestación enarbola la bandera tricolor recibe todas mis simpatías y todas mis
conformidades. Él lo hace en señal de rebeldía y de insubordinación a una situación
deteriorada traída por los enemigos de esa bandera y de ese sistema. Y yo lo
respeto y lo aplaudo. Y siento por él una autentica complicidad. Todo lo
contrario de la repugnancia que siento
cuando los curas, los fachas y los derechones de siempre, sacan sus aguiluchos
y pajarracos de antaño para defender “su” orden, “sus” cavernas negras, “su”
moral retrógrada y “sus” conceptos tan especiales sobre la convivencia.
Por lo tanto mantengámonos
calladitos, señores del Gobierno. Esos temas mejor no tocarlos con
superficialidad porque a muchos, como a mi, nos duelen en demasía y nos hacen
recordar muchas cosas que no les conviene mucho que se las recuerde.
Pedro Villagrán
16.08.12


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